Crear es descubrir lo que no se conoce. Es parecerse a un niño y no parecerse. Un niño al mirar hacia fuera para hacerse hombre va descubriendo todo lo que ve. Un creador al mirar hacia dentro para volverse niño, va descubriendo todo lo que no se ve.
Entre aquél que pretenda crear y la creación hay un muro imperceptible. El supuesto creador debe salvar ese muro como el hombre que ama, nunca como el cazador que mata, porque el creador va en busca de lo que ansía conocer, no de lo que necesita destruir.
El cauteloso primer paso de un creador es no dar alguno. Porque el estado en que suele hallarse antes de que el fuego de la creación lo abrace, es el de inseguridad. Con esto no pretendemos hacer de la inseguridad una norma creativa. Lo que afirmamos es que al tratar de descubrir lo que no conocemos, la incertidumbre inicial viene siendo de hecho una condición.
Un creador previo a su trabajo sabe que debe crear, aunque ignore cómo. Y lo ignora por encontrarse en el momento justo del desconcierto, de la inseguridad manifiesta, aunque también en el instante casi sagrado de la creación.
Sin embargo, suele ocurrir que quien realice –o ejecute- una obra, no sea necesariamente un creador y por ligereza o plagio en sus trabajos anteponga el recordar al descubrir, el resultado a los procesos. Llegar a la meta sin haber transitado el justo sendero que lo lleve a ella carece de valor, porque ningún resultado es ajeno a su propio proceso.
En un proyecto creativo lo más importante no es conocer para recordar ni recordar para repetir, sino desconocer para descubrir. Porque eso es precisamente la creación, ignorar, buscar, encontrar, trascender la oscuriddad hasta alcanzar la luz.
El creador y la creación se asemejan al tallador aquel que con un trozo de madera y un cuchillo da por terminado tres caballos artísticamente asombrosos. Y al preguntarle alguien cómo lograba hacerlos, sólo dice: “Yo nada hago, sólo quito de esta madera lo que está demás, mis caballos están ahí adentro”.
Rubén Echavarría
http://rubenechavarria.blogspot.com/
miércoles, 27 de agosto de 2008
viernes, 1 de agosto de 2008
El peor de los pecados
Ser independiente es asumir la más seria de las posiciones, pero la más difícil. Es no tener grupos que lo respalden, es no tener alguien en la hora mala, es vivir prácticamente en la cuerda floja, a favor de todos y a favor de nadie, en contra de todos y en contra de nadie.
Al hombre independiente lo quieren hoy y no lo quieren mañana, de acuerdo a que se coincida o no con su posición en un determinado momento.
No lo pueden querer siempre porque no pertenece a alguien. Y no pertenecer en sociedades donde el arribismo y la sumisión a los poderes, sean cuales fueren, es cultura, la independencia es el peor de los pecados y se hace difícil o efímera.
Porque al no estar atado a alguien el hombre independiente se expresa libremente y sin proponérselo afecta intereses.
Muchos quisieran ser independientes, expresar lo que piensan, pero no se atreven, porque no es fácil. Al hacerlo se pierde o se gana. Se trata de una alternativa y siempre son problemáticas las alternativas.
Casi todos queremos la dependencia del otro según nos convenga y en un país donde la dependencia es una condición, la independencia es casi un suicidio.
El hombre independiente se encuentra solo, aunque no atado.
En cierto modo es libre, y ser libre es un lujo que siempre se paga caro.
O como diría un anuncio por ahí: ¡Es cosa de hombres!
Rubén Echavarría
http://rubenechavarria.blogspot.com/
Al hombre independiente lo quieren hoy y no lo quieren mañana, de acuerdo a que se coincida o no con su posición en un determinado momento.
No lo pueden querer siempre porque no pertenece a alguien. Y no pertenecer en sociedades donde el arribismo y la sumisión a los poderes, sean cuales fueren, es cultura, la independencia es el peor de los pecados y se hace difícil o efímera.
Porque al no estar atado a alguien el hombre independiente se expresa libremente y sin proponérselo afecta intereses.
Muchos quisieran ser independientes, expresar lo que piensan, pero no se atreven, porque no es fácil. Al hacerlo se pierde o se gana. Se trata de una alternativa y siempre son problemáticas las alternativas.
Casi todos queremos la dependencia del otro según nos convenga y en un país donde la dependencia es una condición, la independencia es casi un suicidio.
El hombre independiente se encuentra solo, aunque no atado.
En cierto modo es libre, y ser libre es un lujo que siempre se paga caro.
O como diría un anuncio por ahí: ¡Es cosa de hombres!
Rubén Echavarría
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A Marco, Hoy y Siempre
Hace quinientos años, mi hijo, que sólo tenía cuatro y ahora tiene dos mil (porque los muchachos de hoy crecen más rápido que el tiempo), me dijo: “¡Papi, si todos los hombres fueran amigos!”.
El buen deseo de Marco a su edad me llegó hasta el alma, lo confieso. Aún no había escrito yo, en Sábado Verde, el “quítenle los intereses a los hombres y los hombres coincidirán”. Quizás por eso, al recordar aquel deseo de mi hijo, me pareció escuchar con extrañeza la respuesta en mi pensamiento, pero ahora como si fuera la de otro: “Tal vez algún día, Marco, tal vez”.
Un presente político nacional de propuestas unitarias y enormes discrepancias, me trajo a la memoria aquella Europa de países en pugnas permanentes, ya por el bien común unificada.
“¡Pero eran otros pueblos, otra historia, otra gente!”, creí escuchar. “¡No se trata de pueblos diferentes, se trata de buena fe política en algunos acuerdos!”. “En política no hay buena fe sino intereses, y aquí los intereses suelen ser personales!”. “¡Por eso, lo que bueno comienza casi nunca termina!”.
Aquí comenzó una vez la democracia, le dieron un balazo por la espalda y ahí terminó su historia. Aquí comenzó una vez un abril de película prohibida, intervino del norte la manada y el abril quedó atrás, y el mayo, el junio y julio como siempre, dando paso a las drogas inducidas, al vicio tolerado, a la ignorancia.
Porque lo bueno aquí, lo bueno y verdadero en un amplio sentido, es aquello que tácitamente está prohibido, lo que siempre termina. “¡Y eso es punto final!”, adujo uno. “¡Y eso es punto y seguido”! adujo otro.
De todos modos, con propuesta unitaria o rechazo de plano a la propuesta, aquellos que han buscado y rebuscado la verdad en sus vidas anhelan ya algo más que una utopía, anhelan un milagro, pero uno de verdad, no de mentira. Un milagro para que algún día, algún año, o algún siglo, nos hagamos merecedores de nosotros mismos.
Merecedores de mirar a los ojos a un niño inocente que impelido por la pureza de su corazón nos recuerde, con todo el gran amor y el gran dolor del mundo, palabras de mañana, y de hoy, y de siempre.
¡Si todos los hombres fueran amigos!
Rubén Echavarría
http://rubenechavarria.blogspot.com/
El buen deseo de Marco a su edad me llegó hasta el alma, lo confieso. Aún no había escrito yo, en Sábado Verde, el “quítenle los intereses a los hombres y los hombres coincidirán”. Quizás por eso, al recordar aquel deseo de mi hijo, me pareció escuchar con extrañeza la respuesta en mi pensamiento, pero ahora como si fuera la de otro: “Tal vez algún día, Marco, tal vez”.
Un presente político nacional de propuestas unitarias y enormes discrepancias, me trajo a la memoria aquella Europa de países en pugnas permanentes, ya por el bien común unificada.
“¡Pero eran otros pueblos, otra historia, otra gente!”, creí escuchar. “¡No se trata de pueblos diferentes, se trata de buena fe política en algunos acuerdos!”. “En política no hay buena fe sino intereses, y aquí los intereses suelen ser personales!”. “¡Por eso, lo que bueno comienza casi nunca termina!”.
Aquí comenzó una vez la democracia, le dieron un balazo por la espalda y ahí terminó su historia. Aquí comenzó una vez un abril de película prohibida, intervino del norte la manada y el abril quedó atrás, y el mayo, el junio y julio como siempre, dando paso a las drogas inducidas, al vicio tolerado, a la ignorancia.
Porque lo bueno aquí, lo bueno y verdadero en un amplio sentido, es aquello que tácitamente está prohibido, lo que siempre termina. “¡Y eso es punto final!”, adujo uno. “¡Y eso es punto y seguido”! adujo otro.
De todos modos, con propuesta unitaria o rechazo de plano a la propuesta, aquellos que han buscado y rebuscado la verdad en sus vidas anhelan ya algo más que una utopía, anhelan un milagro, pero uno de verdad, no de mentira. Un milagro para que algún día, algún año, o algún siglo, nos hagamos merecedores de nosotros mismos.
Merecedores de mirar a los ojos a un niño inocente que impelido por la pureza de su corazón nos recuerde, con todo el gran amor y el gran dolor del mundo, palabras de mañana, y de hoy, y de siempre.
¡Si todos los hombres fueran amigos!
Rubén Echavarría
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